En los últimos días se ha vuelto común ver grupos de motoristas desplazándose en manadas, ocupando carriles completos y realizando maniobras temerarias como calibrar —levantar la rueda delantera— incluso sobre elevados.
Este tipo de comportamiento no solo está prohibido por la ley, sino que representa un peligro extremo tanto para quienes lo practican como para los demás conductores. Un error mínimo a alta velocidad puede terminar en tragedia.
Los elevados, diseñados para mantener el flujo vehicular continuo, se convierten en escenarios de caos cuando son tomados por estos grupos que actúan sin ningún tipo de control.
Una ley que existe, pero no se aplica
La legislación dominicana es clara: conducir de manera temeraria, hacer acrobacias en la vía pública y poner en riesgo la seguridad vial conlleva sanciones. Sin embargo, en la práctica, la aplicación de estas normas parece inexistente.
La ausencia de consecuencias ha provocado que estas acciones se normalicen. Lo que antes era ocasional, ahora es casi parte del paisaje urbano.
El problema no es la falta de leyes, es la falta de autoridad.
¿Dónde están las autoridades?
La percepción ciudadana es cada vez más crítica: las autoridades han perdido el norte en cuanto a imponer orden. La pregunta que muchos se hacen es simple: ¿quién controla las calles?
Mientras los operativos se concentran en infracciones menores o en puntos específicos, estos grupos de motoristas actúan a plena luz del día, en zonas altamente transitadas y sin ningún tipo de intervención.
La falta de presencia y acción envía un mensaje peligroso: aquí cualquiera hace lo que quiera.

